Pero el tiempo pasa. Y quizás, los restos arqueológicos son la medida más perfecta para ver como todo pasa.
La Esfinge de Gizeh es quizás, junto a las pirámides, el resto arqueológico más característico del Antiguo Egipto. Con más de 3400 años en su haber, ha visto pasar generaciones, incluso de los mismos egipcios. Para muchos faraones, la Esfinge era un monumento muy antiguo, sepultado entre las arenas del desierto. Misterioso de muchas maneras, pero destinatario del mayor de los respetos.
Y uno de esos devotos era el joven príncipe Tutmosis. Quien sabe que una vez que llegue al poder, debe esforzarse por conservarlo. En épocas donde hermanos, generales y demás personajes cercanos al gobierno siempre ven con buenos ojos colocarse la corona de faraón, obtener legitimidad es fundamental.
Por ese motivo, 2000 años después de su creación, Tutmosis coloca una estela entre los pies de las esfinge, y levanta un pequeño templo ¿Por qué? Bien, en la estela Tutmosis relata que el dios solar se le apareció en un sueño, y que a cambio de prometerle el reinado de Egipto, debe retirar las arenas que cubren la Esfinge, debe desenterrarla del olvido.

Y así fue. Tutmosis descubrió nuevamente la Esfinge. Gobernó durante diez años y le dio un nuevo protagonismo al monumento más fascinante de Egipto.
Y a sus pies, aun continua, desafiando el tiempo, la estela que recuerda los sueños de un antiguo príncipe.
